Era
una época de luz y de conocimiento. Una época en la que muchos revolucionaron su pensamiento y pudieron dar
su visión del mundo. Fue el período de las luces, cuando aparecieron los más
grandes pensadores del siglo XVIII: Voltaire, Immanuel Kant, Rousseau, Montesquieu, Émile de Châtelet, etc.
Bariloche, un simple maestro de escuela, admiraba a todos estos
pensadores, y les enseñaba a sus estudiantes lo significativo que fue éste
movimiento, ya que representó una importante modernización cultural.
Don Bariloche, como le decían sus alumnos, era un hombre ateo, revolucionario y de pensamiento crítico frente a cualquier tema, dado que amaba dar siempre sus argumentos. La mayoría de las veces, procuraba respetar el pensamiento de las otras personas; aunque a veces le resultaba difícil, y más cuando se hablaba sobre religión, política o asuntos como el aborto. Creía que estos temas eran bastantes subjetivos, y que nadie tenía derecho de imponerle a quienes piensan diferente lo que cree la mayoría de la sociedad.
Aunque intentaba tolerar las religiones, le parecían una basura, y
consideraba que alabar a un Dios que no existe, e irse a confesar por los errores
cometidos, era un desperdicio de tiempo. Bariloche sostenía que cuando uno hace
algo ya no hay marcha atrás entonces, confesarse o no era un asunto sin
importancia. También decía que las personas creyentes eran quienes más evadían
sus responsabilidades y criticaban a los demás, porque si alguien no estaba de
acuerdo con ellas, juzgaban que estaba desorientado, no seguía la luz de Dios y
se perdía en las sendas de la maldad.
***
Sí, así era mi padre. Aunque a veces un poco gruñón y de un
carácter fuerte, también tenía su lado melifluo y condescendiente. Sólo tengo
recuerdos de él hasta los seis años, pues mi padre murió haciendo un invento que,
según él, cambiaría por siempre la historia de la humanidad. Tío Che, como le
decía la mayoría del pueblo, amaba inventar cosas, escribir sobre sus inventos
y sus pensamientos; también le gustaba cuestionarse en cada momento sobre su
existencia, esa “malparidez existencial” cómo la llamaba mi madre, cuando se
ponía a pensar el Por qué y el Para qué vino a este mundo.
Al revisar mi cuaderno de cuentos, encontré una nota de mi padre
antes de morir. Mientras la leía me sentía totalmente acongojado, y aunque intentaba
reprimir las lágrimas, estallé con un gemido que al final no pude acallar.
Con lágrimas en la cara, recordaba el lugar preferido de mi padre
(el sótano), era allí donde intentaba hacer realidad todas las locuras.
En alguna fecha de los 31 días que tiene mayo, después de una
pelea con el párroco de la iglesia de Santa Lucía, la misma iglesia a la que mi
madre iba todos los domingos, fue censurada para la familia Ramos, pues después
de un largo debate sobre la existencia del más allá, terminó Don Bariloche
agarrado a puños con Juan Sebastián Londoño, el párroco más ortodoxo que he
conocido en mi vida. No sé cómo fue mi padre capaz de hablar de esos temas con
ese sacerdote, tuvo que haber tenido mucho coraje para discutir con él. Después
de esa pelea, se le ocurrió a mi padre
una de las ideas más locas en los 44 años que llevaba vivo. Luego de varios
días sin comer y permaneciendo en el
sótano día tras día sin dormir, resultó diciéndome que este invento iba a
desatar una tercera guerra mundial. Pues según él, todo el mundo se pelearía
para obtener este precioso tesoro, ya que esto revelaría supuestamente una
verdad extraordinaria. Nunca pensé que iba a ver esa máquina realmente, porque
me parecía algo imposible, era loco imaginar que alguien pudiera hacer tal
cosa, y así fue, loco, imposible, pero
real.
En ese entonces, al ser un niño tan pequeño, comencé a imaginarme
la máquina mientras mi padre hablaba de ella. Empezó a decirme que la máquina
tenía unos cables con unos dispositivos que funcionaban parecido a los choques
eléctricos que no dejaban que las células que tenemos vivas, pero que están un
poco gastadas, mueran por completo. También había una especie de monitor, el
cual permitía ver las imágenes del cerebro, lo curioso es que esta máquina
supuestamente permitía ver lo que pasaba ya después de que el cuerpo muriera.
Me parecía fantástico todo lo que me comentaba mi padre, pues me
imaginaba que la máquina hasta podría vivir. Lo veía emocionado y eso me
alegraba, ya que era muy inusual verlo en ese estado.
***
Aunque él no aceptara que todo esto lo hacía por demostrarle al
párroco que podría estar equivocado sobre la existencia del más allá (infierno
o paraíso), yo estoy seguro de que muy en su interior, mi padre quería que
fuera real lo que el sacerdote pensaba. Pues como todo ser humano, deseaba saber qué pasaba después
de la muerte, así que por eso en vez de hacer
suposiciones, decidió hacer la máquina.
Ésta máquina fue real, fue real después de un año de trabajo. El
día que decidió inaugurarla estaba sólo en la casa, puesto que mi madre había
salido hacerle visita a la tía Aurora, y
yo estaba jugando con los vecinos del barrio.
Nosotros dos sabíamos lo que hacía mi padre en el sótano, pero lo
que no sabíamos es que iba a ocurrir semejante tragedia ese atardecer de
domingo.
El año de trabajo encerrado en el sótano, haciendo una máquina que
supuestamente iba a desatar una tercera guerra mundial, no sirvió para nada,
sólo sirvió para que mi padre se pudiera suicidar. Sí, tenía tantas ansías de
conocer el más allá, que no tuvo más opción que esa, pues después de haber
hecho la máquina y saber que no servía para
nada, prefirió suicidarse.
A las 2:45 de la tarde, cuando entré a la casa, sentí un escalofrío
que recorrió todo mi cuerpo; sentí uno de esos escalofríos que suceden cuando
alguien va a morir. Baje rápidamente al sótano, abrí la puerta con fuerza y de
repente vi sangre, era la sangre de mi padre que se había disparado con un
rifle.
El susto fue tremendo. Pero por fortuna no estuve solo mucho
tiempo, pues después de un grito que alcanzó a oír mi madre cuando ya estaba en
la puerta de la casa, entró rápidamente y bajó al sótano. .
Al ver a mi padre muerto quedó paralizada, no soltó ni una sola
lágrima, su rostro no expreso ninguna sorpresa, era como si ella ya supiera que
iba a pasar esto, pues lo único que me
dijo fue: - recoge la nota que está debajo de la silla de tu padre-.

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