sábado, 2 de junio de 2012

El otro lado te espera


Era una época de luz y de conocimiento. Una época en la que muchos  revolucionaron su pensamiento y pudieron dar su visión del mundo. Fue el período de las luces, cuando aparecieron los más grandes pensadores del siglo XVIII: Voltaire, Immanuel Kant, Rousseau, Montesquieu, Émile de Châtelet, etc.
Bariloche, un simple maestro de escuela, admiraba a todos estos pensadores, y les enseñaba a sus estudiantes lo significativo que fue éste movimiento, ya que representó una importante modernización cultural.

Don Bariloche, como le decían sus alumnos, era un hombre ateo, revolucionario  y de pensamiento crítico frente a  cualquier tema, dado que amaba dar siempre sus argumentos. La mayoría de las veces, procuraba respetar el pensamiento de las otras personas; aunque a veces le resultaba difícil, y más cuando se hablaba sobre religión, política o asuntos como el aborto. Creía que estos temas eran bastantes subjetivos, y que nadie tenía derecho de imponerle a quienes piensan diferente lo que cree la mayoría de la sociedad.
Aunque intentaba tolerar las religiones, le parecían una basura, y consideraba que alabar a un Dios que no existe, e irse a confesar por los errores cometidos, era un desperdicio de tiempo. Bariloche sostenía que cuando uno hace algo ya no hay marcha atrás entonces, confesarse o no era un asunto sin importancia. También decía que las personas creyentes eran quienes más evadían sus responsabilidades y criticaban a los demás, porque si alguien no estaba de acuerdo con ellas, juzgaban que estaba desorientado, no seguía la luz de Dios y se perdía en las sendas de la maldad.
***
Sí, así era mi padre. Aunque a veces un poco gruñón y de un carácter fuerte, también tenía su lado melifluo y condescendiente. Sólo tengo recuerdos de él hasta los seis años, pues mi padre murió haciendo un invento que, según él, cambiaría por siempre la historia de la humanidad. Tío Che, como le decía la mayoría del pueblo, amaba inventar cosas, escribir sobre sus inventos y sus pensamientos; también le gustaba cuestionarse en cada momento sobre su existencia, esa “malparidez existencial” cómo la llamaba mi madre, cuando se ponía a pensar el Por qué y el Para qué vino a este mundo.
Al revisar mi cuaderno de cuentos, encontré una nota de mi padre antes de morir. Mientras la leía me sentía totalmente acongojado, y aunque intentaba reprimir las lágrimas, estallé con un gemido que al final no pude acallar.

Con lágrimas en la cara, recordaba el lugar preferido de mi padre (el sótano), era allí donde intentaba hacer realidad todas las locuras.

En alguna fecha de los 31 días que tiene mayo, después de una pelea con el párroco de la iglesia de Santa Lucía, la misma iglesia a la que mi madre iba todos los domingos, fue censurada para la familia Ramos, pues después de un largo debate sobre la existencia del más allá, terminó Don Bariloche agarrado a puños con Juan Sebastián Londoño, el párroco más ortodoxo que he conocido en mi vida. No sé cómo fue mi padre capaz de hablar de esos temas con ese sacerdote, tuvo que haber tenido mucho coraje para discutir con él. Después de esa pelea, se le ocurrió a  mi padre una de las ideas más locas en los 44 años que llevaba vivo. Luego de varios días sin comer y  permaneciendo en el sótano día tras día sin dormir, resultó diciéndome que este invento iba a desatar una tercera guerra mundial. Pues según él, todo el mundo se pelearía para obtener este precioso tesoro, ya que esto revelaría supuestamente una verdad extraordinaria. Nunca pensé que iba a ver esa máquina realmente, porque me parecía algo imposible, era loco imaginar que alguien pudiera hacer tal cosa, y así  fue, loco, imposible, pero real.

En ese entonces, al ser un niño tan pequeño, comencé a imaginarme la máquina mientras mi padre hablaba de ella. Empezó a decirme que la máquina tenía unos cables con unos dispositivos que funcionaban parecido a los choques eléctricos que no dejaban que las células que tenemos vivas, pero que están un poco gastadas, mueran por completo. También había una especie de monitor, el cual permitía ver las imágenes del cerebro, lo curioso es que esta máquina supuestamente permitía ver lo que pasaba ya después de que el cuerpo muriera.

Me parecía fantástico todo lo que me comentaba mi padre, pues me imaginaba que la máquina hasta podría vivir. Lo veía emocionado y eso me alegraba, ya que era muy inusual verlo en ese estado.
***
Aunque él no aceptara que todo esto lo hacía por demostrarle al párroco que podría estar equivocado sobre la existencia del más allá (infierno o paraíso), yo estoy seguro de que muy en su interior, mi padre quería que fuera real lo que el sacerdote pensaba. Pues como todo  ser humano, deseaba saber qué pasaba después de la muerte, así que por eso en vez de hacer  suposiciones, decidió hacer la máquina.
Ésta máquina fue real, fue real después de un año de trabajo. El día que decidió inaugurarla estaba sólo en la casa, puesto que mi madre había salido hacerle  visita a la tía Aurora, y yo estaba jugando con los vecinos del barrio.

Nosotros dos sabíamos lo que hacía mi padre en el sótano, pero lo que no sabíamos es que iba a ocurrir semejante tragedia ese atardecer de domingo.

El año de trabajo encerrado en el sótano, haciendo una máquina que supuestamente iba a desatar una tercera guerra mundial, no sirvió para nada, sólo sirvió para que mi padre se pudiera suicidar. Sí, tenía tantas ansías de conocer el más allá, que no tuvo más opción que esa, pues después de haber hecho la máquina y saber que no servía para  nada, prefirió suicidarse.

A las 2:45 de la tarde, cuando entré a la casa, sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo; sentí uno de esos escalofríos que suceden cuando alguien va a morir. Baje rápidamente al sótano, abrí la puerta con fuerza y de repente vi sangre, era la sangre de mi padre que se había disparado con un rifle.

El susto fue tremendo. Pero por fortuna no estuve solo mucho tiempo, pues después de un grito que alcanzó a oír mi madre cuando ya estaba en la puerta de la casa, entró rápidamente y bajó al sótano. .
Al ver a mi padre muerto quedó paralizada, no soltó ni una sola lágrima, su rostro no expreso ninguna sorpresa, era como si ella ya supiera que iba a pasar esto, pues  lo único que me dijo fue: - recoge la nota que está debajo de la silla de tu padre-.